Me acostumbré a llegar tarde,
a no tener razón,
a que me dejaran solo
y a que el viento no soplara a favor.
Y aprendí a perder
y a aprender de los demás,
a vivir lejos de ti
y a morir al atardecer.
A llorar y a esperar nada,
a no ser más que roca,
a no hablar con la boca
y escribir más que palabras.
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