lunes, 6 de enero de 2014


Se rompe la cristalera
con el calor de las llamas.
Me tiro al vacío sin cuerda,
el viento se lleva las palabras.

Y mueren los animales
con los trozos de cristales
que salen de mi cabeza.

Desaparece el camino
bajo cipreses o pinos,
cementerio de horas muertas.

Tapicerías y navaja,
madera quemada,
páginas olvidadas,
me encuentro al caer y dejo en la Tierra.

Una sonrisa ilusoria,
melena a caballo,
ojos desquiciados, miro de cerca.

Hay fuego en mis pupilas heladas,
rodeadas de un abismo inalcanzable,
de secretos, de sueños que arden
cada vez que se cierra la puerta
y se enciende el motor.

Y comienza el viaje,
y se para mi reloj.