- Léelo. Empieza ahora mismo y no lo dejes hasta que lo termines.
No le importó que estuviéramos en una biblioteca, no bajó la voz.
Se fue por donde había venido, de la misma forma, sólo con la ausencia del libro en su mano.
Yo obedecí, cómo no. Empecé a leerlo en ese instante. Y aunque mi intención hubiera sido dejarlo, no habría podido.
Leí de camino a casa.
Leí toda la noche.
Leí las últimas ocho páginas.
Una vez, y otra, y otra, y no sé cuántas más.
Y terminé cuando el sol ya anunciaba que era de día.
Y al día siguiente no pasó nada. Ni siquiera apareció.

No hay comentarios:
Publicar un comentario